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¿En mi casa o en la tuya? Confesiones de tuppersex
Alicia Misrahi
Rouge (Robinbook), 2007
   
UNA REUNIÓN

Es la primera vez para todas. A Lucía se le ocurrió la idea entre risas y la lanzó al aire sin pensarlo dos veces  y sin calcular las consecuencias cuando se encontraba con dos amigas, Eva y Laura: “Ahora sólo nos falta organizar un tuppersex en mi casa”. Quizás lo dijo más que como propuesta como broma cómplice, riéndose de todo lo que habían vivido juntas y de todo lo que habían probado. Pero su idea fue muy bien acogida.

Sus amigas accedieron encantadas e inmediatamente se pusieron a hacer planes y a decidir a quién tenían que invitar. De hecho, Eva comentó que ella hacía mucho tiempo que quería comprar algo y no se atrevía a entrar en un sex shop ni sabía dónde acudir. Las otras dos quisieron saber enseguida de qué se trataba. Eva lamentó por un momento haber hablado demasiado pero al final se atrevió a confesar que había pensado en un vibrador con estimulador de clítoris.

Necesitaban cinco amigas más... Eva se lo propuso a Cristina y, para su asombro, ella le dijo que le gustaría probar algún juguete nuevo. Eva no tuvo que preguntar: Cristina, que siempre había sido la más lanzada de sus amigas, le aclaró enseguida que quería una mariposa con mando a distancia. Y, quizás, “también unas esposas y algún instrumento para azotar” –rió-.

Enseguida, entre todas, reclutaron a Miriam, que siempre les había parecido la más libre en el sexo. Tiene mucho éxito con los hombres y algunas la envidian secretamente un poquito. Para pasmo y sorpresa de todas, cuando Cristina comentó que una de sus mejores adquisiciones habían sido unas bolas chinas que le habían proporcionado un buen número de experiencias excitantes y morbosas con algunos de sus amantes y guiñó un ojo pícaramente, Miriam no dio signos de comprender. Al final, en confianza, preguntó: ¿Qué son unas bolas chinas?

Sole se sumó a la iniciativa. Le pareció que era divertido aunque le daba un poco de reparo, no por el tema sexual sino porque le incomodaba que hubiera una manada de gente haciendo la misma actividad a la vez. Aun así, le pareció que sería una experiencia curiosa.

La siguiente en apuntarse fue la mejor amiga de Sole, Ana, una mujer reservada que no acostumbra a hablar de sus problemas ni preocupaciones. Suele escuchar las tribulaciones de Sole con su novio, el vago sin inquietudes con el que sigue saliendo inexplicablemente para todos los que les conocen, y casi nunca cuenta nada personal. Esta vez, sin embargo, se sinceró con Sole: “Mira, esto es algo que no he contado a nadie. Yo lo paso muy bien con el sexo, pero nunca he tenido un orgasmo”

-¿Nunca? –preguntó con sobresalto Sole intentando, sin lograrlo, no parecer absolutamente desconcertada- “ni..?.”

No supo cómo preguntarlo, no le salieron las palabras, casi más sorprendida porque Ana contara algo de sí misma que de la revelación en sí.

Ana, decidió hablar, sincerarse: “disfruto mucho con Juan, pero no tengo orgasmos. Y, si te refieres a eso, no me masturbo. No sé, no me llama la atención”.

Por debajo de las palabras de Ana se podía intuir una cierta frustración o, quizás, la sensación de que no era normal. Sole sólo atinó a decirle que debería empezar por conocerse a sí misma.

Reclutar a Belén fue fácil. Está enamorada, hace apenas dos meses que empezó a salir con su novio y está loca por él. Belén, entusiasta por naturaleza, vive actualmente en un mundo mágico y tanto ella como su pareja están constantemente en contacto por teléfono, por correo electrónico, por Msn y sacan tiempo de donde no lo hay para verse. El sexo es  fantástico y pueden estar horas besándose y tocándose. Cada beso tiene un sabor diferente.

María, casada desde hace doce años (tiene 34), accedió con un suspiro y un comentario un poco cáustico o quizás un poco desesperanzado: “A ver si así mi vida sexual despierta o, mejor dicho, resucita porque ni con el boca a boca ni con la danza de los siete velos, vamos...”

Nueve personalidades, nueve experiencias, nueve profesiones totalmente diferentes y nueve formas de vivir el sexo. Mujeres como Belén, periodista de cultura, profundamente ilusionada y enamorada, deseando convertir cada momento con su nuevo amante en algo especial y darle una pequeña sorpresa o como Sole, bibliotecaria, la más independiente de todas, que vive en su mundo de libros y no le gustan las reuniones tumultuosas. Sus amigas piensan que si sale con el vago de su novio es precisamente porque la deja en paz en su mundo de letras y libros.

El grupo es heterogéneo. Las dos más conservadoras son María, ama de casa casada desde toda la vida, o al menos a ella así se lo parece, que gana un dinero extra vendiendo joyas, que siente que su matrimonio se deshace y que, además, se le está cayendo encima, y Laura, ama de casa que vive con sus padres y que está acabando magisterio, después de dejarlo aparcado durante unos años, porque quiere trabajar y ser independiente: no quiere irse a vivir con su novio hasta que consiga un trabajo.

Y dos tímidas: Ana, administrativa, que va un poco perdida en el sexo porque recibió una educación represiva y se ha dado cuenta de que, aunque disfruta, tiene algún bloqueo mental  y Eva, inquieta pero algo pudorosa dependienta de una tienda de moda, que siempre ha querido probar algo, pero, como muchas mujeres, nunca ha reunido el valor necesario para acudir a una Sex Shop, donde le da miedo sentirse observada y criticada y que, aunque se ha planteado comprar algún artículo por Internet, encuentra el medio muy frío porque no puede preguntar ni, sobre todo, examinar, tocar y evaluar.

Las tres más lanzadas, cada una en su estilo, son Miriam, ejecutiva, un alma libre que en las primeras conversaciones con sus amigas sobre la reunión se ha dado cuenta de que le quedan muchas cosas por descubrir; Cristina, secretaria, una apasionada del sexo y de los juguetes y de los juegos que da siempre la impresión de saber todo sobre todo y Lucía, la anfitriona, comercial, una mujer con mucho desparpajo y seguridad en sí misma que se preocupa mucho de los demás y se involucra demasiado en sus problemas y que vive una relación feliz de “cada uno en su casa” con su novio.

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El día de la reunión hicieron té aromático para todas: de rosas, de naranja y de jazmín que sirvieron en teteras de fantasía que habían rescatado de los armarios y en vasos coloristas que dieron un ambiente oriental a la reunión. Para acompañar, por supuesto, una selección de pastas de té de formas caprichosas y adornadas con diferentes colores y sabores: mermelada de fresa, pistachos, coco, chocolate, mermelada de naranja, de frambuesas, de melocotón...

Habían decidido que todo tenía que ser muy sugestivo.

Cuando la chica de la gran maleta llegó, puntual a su cita, todas estaban ya en casa de Lucía. Expectantes, animadas y quizás algo nerviosas.


Con naturalidad, empieza la presentación con los artículos de cosmética. Polvos de miel de diferentes sabores para extender con una juguetona pluma en el cuerpo del amante, aceites para masaje de las más variadas fragancias, pintura de chocolate para jugar, dibujar y lamer. Lucía es la primera en ponerse polvos de miel de mandarina en las muñecas y, acto seguido, Ana lo huele, curiosa y Eva olvida su timidez  para pegarle un lametón. Fisgan, curiosean, huelen y examinan la untuosidad de cada nuevo producto en la piel de las otras: brazos, muñecas, cuello, palmas de las manos... un harén de fragancias y texturas para erotizar todo el cuerpo y dar más placer, sensaciones... Lucía está muy en su papel de anfitriona, ofreciendo galletas y tés, preocupada porque todo el mundo se sienta a gusto.

“¿Si llevas ya perfume pasa algo? ¿No se mezclan los olores y resulta desagradable?” –pregunta Eva.

-Nooooooooooo!, exclaman a la vez Cristina y Laura. “Y si acaso, no te pongas perfume” –contesta para su propia sorpresa Laura guiñándole un ojo-, “ya sabes, a la hora de acostarte, sólo unas gotas de aceite del amor de canela, para convertirte en un delicioso pastelillo”.

María, perdida en su matrimonio con pocas ilusiones, inquiere: “¿A los hombres les gustan también estas cosas? No sé, creo que no están para florituras.”

Miriam, single convencida que pasa de relación en relación, sentencia: “Si me presento a uno de mis amantes con la pluma y los polvos de miel seguro que, como mínimo, se queda desconcertado o igual le coge la risa”.

 

La asesora les explica que aunque los hombres pueden tender a ser más directos, también disfrutan de las caricias y, lo más importante, las caricias son para ellos una forma de erotizar todo el cuerpo y de disfrutar más o incluso conseguir orgasmos más intensos.

María, a la que se le ha abierto un nuevo mundo, sonríe, evidentemente entusiasmada y quizás también un poco avergonzada y confusa. Sigue sin saber si Álex, su marido, querrá probar nuevas experiencias. Desde hace años, le hace el amor siempre de la misma forma, con los mismas caricias y gestos aprendidos que la llevan al placer pero que no ofrecen ninguna emoción nueva. Y, desde hace unos meses, además, su marido ya no se acerca a ella. Decide preguntar, visto el ambiente de confianza y complicidad que se ha creado: “¿Qué podría hacer para que mi marido volviera a desearme?”

Alicia Misrahi
 

“Sorpréndele –contesta la siempre lanzada Miriam-, vístete (o desvístete) con alguna prenda realmente especial y sedúcele”.

María emparejada desde toda la vida con Alex, se asombra, pero pronto reflexiona en voz alta: “¿por qué no?, siempre he dejado que llevara él la iniciativa. No soy tímida, no es eso, pero al principio él siempre tenía muchas más ganas que yo y... yo me dejaba llevar. Luego, con los niños nos distanciamos y ahora... Bueno, la verdad es que hace meses que no lo hacemos y yo lo echo de menos”.

Miriam, insiste: “Sorpréndele, hazme caso, a la mayoría de los hombres les encanta la lencería. Yo tengo un ajuar completo. Algo tan “simple” como unas medias con liguero incorporado sin ropa interior pueden ser el mejor de los afrodisíacos. A mí me encanta hacerlo con unos zapatos de tacón puestos. Tuve un ligue que los usaba como joysticks y dirigía mis piernas, con suavidad, pero con firmeza, hacia dónde quería”.

María sonríe, ha nacido una nueva determinación en ella.

De la maleta, eterno baúl de sorpresas, surge Excite piel de seda, que descubre nuevas suavidades en el cuerpo. Pura sutilidad para la piel que se vuelve más receptiva a las caricias y más ávida de acariciar.

“¿Deja la piel suave?, “¿se nota de verdad la diferencia?” –pregunta Eva, eternamente curiosa. “Toca, toca” –le contesta entusiasmada Miriam que está descubriendo un nuevo mundo de sensaciones. Le tiende el muslo desnudo, el único lugar visible de su cuerpo que le quedaba libre para probar alguna crema o algún aceite más. En realidad, todavía le queda el otro muslo, descubierto por una minifalda mínima, para extender un nuevo producto de insólito tacto y no menos asombrosa fragancia.

Cristina se sincera con voz pausada y un poco ronca: “yo soy muy sexual, pero también muy directa y dominante. Creo que me he estado perdiendo muchas cosas hasta ahora. Me gusta llevar la iniciativa y me encanta ponerme encima. Con todas estas cremas y aceites tan sensuales me estoy dando cuenta de que hay otras formas de hacer el amor, además de los polvos salvajes. Me encantan, pero, y no me malinterpretéis, probar todos estos productos con vosotras me ha parecido muy sensual y erótico. Imagina con un amante...”

 

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“¡Qué textura tan excitante tiene todo! Dan ganas de tocar y acariciar, es un placer para los dedos y para las manos” –comenta Eva ya totalmente metida en la reunión. La asesora sonríe, ella también se ha contagiado del ambiente festivo y lúdico y, sobre todo, de la complicidad. “Son nuevas formas de descubrir el cuerpo del otro –asegura pícara-, las caricias se vuelven más sensuales”.

Surgen también lubricantes con fresca textura de gel y sabores frutales: fresa y melocotón. “¡Imagina un cuerpo a cuerpo con un hombre, resbalando el uno contra el otro! –exclama Sole, olvidados ya sus reparos de “reunirse en manada” para hacer algo. “Y con el aceite, no te digo!” clama Lucía, la anfitriona, más relajada ya al ver que todo está saliendo bien. Le preocupaba que estas mujeres tan diferentes, que no se conocían todas entre sí, se sintieran cortadas, pero los temas van surgiendo con naturalidad y está resultando francamente divertido. Los tés y las pastas hace tiempo que han pasado a segundo plano.

 

El hielo se ha roto. Las preguntas y observaciones y los comentarios divertidos se suceden. Son un grupo de amigas que disfrutan haciendo algo juntas y que han convertido la reunión en una fiesta de los sentidos. Complicidad es la palabra clave. Y sinceridad y confianza para poder preguntar todo aquello que nunca se han atrevido a hablar con nadie.

Para continuar, un juguete que es un gozo para los ojos y que hace surgir más de un “Oh” de sorpresa y alguna carcajada incómoda pero alegre: Johnny, un pene realista de buen tamaño, especialmente por su grosor. Adaptable, flexible y con un tacto muy natural, vibra en diferentes velocidades. Un plus: tiene una ventosa que permite fijarlo en cualquier superficie y tener las manos libres para acariciar. 16,5 cm de placer vibrante. Johnny sirve para explicar el uso de los vibradores y sus diferentes prestaciones.

Surgen vibradores de fantasía, curvados para llegar el punto G o con estimulador para el clítoris, acuáticos...

Ana se decide por fin a preguntar lo que le atormenta en secreto: “Yo nunca he tenido un orgasmo, aunque me lo paso muy bien”. La asesora la tranquiliza y le sugiere que aprenda a disfrutar de su cuerpo, sin presiones y sin intentar asumir logros, que cada mujer es diferente y que cada una tiene que encontrar lo que más le gusta. Discretamente, al final de la reunión, le dará el número de teléfono de un terapeuta sexual por si quiere consultarlo “El orgasmo, el orgasmo... parece que el sexo sea sólo el fin para conseguirlo –se queja Sole-, tanto hablar de él y de las mujeres multiorgásmicas y nos olvidamos que el sexo es un proceso en el que todo importa y provoca muchas sensaciones”. “Y mucho placer –concluye Belén-, es mágico descubrir el cuerpo de tu novio y besar y acariciar”.

Los vibradores pasan de mano en mano, se cosquillean unas a otras con ellos traviesamente, los prueban con las yemas de los dedos y en todas las zonas del cuerpo imaginables, aunque todas evitan ponerlo en el sexo. Excepto Cristina que se levanta y  empuña uno como si fuera un apéndice propio y lo dirige, voluptuosamente amenazador, hacia las demás. Al final se lo pone entre los pechos y lo hace vibrar entre risas y exclamaciones

Los anillos para el pene despiertan expectación y bastantes deseos de probarlos y los juguetes anales algunas miradas incómodas que se transforman rápidamente en curiosidad. “¿Pero ese sitio da placer?” –pregunta Laura. La chica de la maleta le contesta que el ano es un punto muy sensible porque tiene muchas terminaciones nerviosas. Cristina añade que ella tuvo un amante al que le encantaba que le penetrara con un consolador y que cuando follaban y notaba que él iba a correrse o la avisaba tiraba de la ristra de bolitas que previamente había introducido en el ano de él y se volvía loco.

En la mesa se confunden en alegre y jugosa mezcolanza apetitosas galletas y vibradores de colores brillantes, blancas tazas de té rebosantes de aromas sugerentes y frascos de aceite de amor de cereza o de canela, algunos bolsos dejados al azar y patitos vibradores acuáticos o vibradores mini, un paquete de tabaco con unas bolas chinas de brillante colorido...  Su reunión ha servido, sobre todo, para recordarles que el sexo es cuestión de imaginación y de pasión...

A la hora de hacer el pedido, casi todas adquieren algo que quizás nunca habían imaginado que comprarían pero que les ha dado nuevas ideas para disfrutar y divertirse.

Belén quiere un Cofre de amor Kamasutra, para encandilar a su enamorado con polvos de miel, darse placer mutuamente y resbalar en el cuerpo del otro con aceite sabor canela y, quizás, en otro momento o más tarde, masajearse con crema de vainilla y descubrir nuevos juegos eróticos con un lubricante.

María decide dar un nuevo impulso a su matrimonio con un aceite para masaje, unas braguitas en forma de mariposa que dejan el sexo al descubierto y una anilla vibradora para el pene. “¡Quédate ésta que tiene las orejitas más largas y te dará más placer a ti! Es importante que las vibraciones lleguen bien al clítoris” -le aconseja Cristina. En la mente de María, se forma la determinación de ir a una tienda de lencería para comprar un negligé negro transparente o alguna otra prenda sugerente.

Ana se queda un vibrador con estimulador de clítoris y la Crema orgásmica Jardín secreto, especialmente ideada para aumentar la sensibilidad del clítoris de la mujer. “Y ahora, ya sabes, manos a la obra” –la incita Eva ya totalmente desatada.

 

Miriam compra unas bolas chinas, ahora que ya sabe lo que son y para qué sirven; ella y Cristina se vuelven loca adquiriendo cremas, aceites, sales de baño y polvos de miel porque quieren descubrir la voluptuosidad y sensibilidad que se habían perdido hasta ahora; Lucía aprovecha la confianza que tiene con su novio para comprar un vibrador de buen tamaño y un juguetito anal vibrador, Anovibe, en forma de varias bolitas unidas; Sole decide experimentar con unas esposas para atar a su amante y espolearlo un poco y con unos polvos de miel y una pluma para torturarle en dulce agonía mientras lo tiene atado.

 

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Eva compra, ya sin vergüenza ni reparo y sabiendo exactamente qué se lleva, su vibrador con estimulador para el clítoris, una sirenita de color rojo, y también varios lipsticks vibradores para regalar a sus amigas. Se lo piensa un poco más y se decide también por un gusanito acuático de inocente aspecto pero con un vibrador muy potente. Y, por último, Laura, que está tomando el rumbo de su vida, adquiere un masajeador Lily, de momento para su uso exclusivo, que la ha encandilado con su tacto de terciopelo, su forma discreta y adaptable y los múltiples placeres que promete con su vibración.

El momento de la compra es una algarabía de comentarios, peticiones y alborozado desorden, como en un zoco de las Mil y Una Noches o una sesión de la Bolsa erótica. Pagan y observan entusiasmadas lo que han comprado, seguramente deseando probarlo y experimentar con sus amantes y consigo mismas.

María duda y finalmente, con los ojos iluminados, le pregunta discretamente a la asesora: “¿qué se necesita para ser asesora?”, “¿necesitáis a alguien?”. Ella le sonríe, le da una tarjeta y le dice que la llame. Quizás ha llegado el momento de que María abra nuevos horizontes en su vida. Y no sólo sexuales.

 
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